Cuando se habla de arte emergente, suele pensarse en los primeros pasos que los artistas dan rumbo a su consolidación. En el caso Francisco Góngora Cervera (Gonce), ha llegado el momento de mirar su producción desde una nueva perspectiva, una vez que han quedado atrás los orígenes resilientes de su iniciación: una génesis artística situada en una circunstancia fortuita que lo condujo al sedentarismo y, por ende, al inicio de un proceso creativo del cual derivaron sus dos primeras exposiciones, construidas a partir de la espontaneidad y, probablemente, de la pulsión por la búsqueda de más de una respuesta.
Pero del andar que lo llevó a aquella producción no proyectada ha pasado algún tiempo y en este momento el joven pintor ha hecho un alto en el camino. Eligió definir un rumbo, un sendero que aún en construcción ya es una vía personal con su propia impronta, respaldada por una convicción a prueba de fuego.
¿En qué consiste la estructura de su “Hoja de ruta”? ¿Qué sigue en su trayectoria? Intentemos una analogía de la mirada creativa con el camino por recorrer, donde la joven obra es resultado de un proceso de asimilación imaginativa que da forma a una nueva serie de piezas fuertemente imbricadas entre sí que a su vez responde a una lógica propia e individual.
Con respecto a influencias y artistas de su interés, Gonce habla con entusiasmo de las vanguardias neoyorquinas, particularmente el expresionismo abstracto, también llamado Escuela de Nueva York. Y aunque se podría pensar, por las transiciones abruptas entre las áreas de color de su obra, en la tendencia del hard Edge, tan contigua a las corrientes neoyorkinas, la realidad es que Gonce no se limita a la reproducción de estas influencias ni siquiera a la reinterpretación de las mismas desde su propia mirada sino a la producción de un proyecto personal, cuya morfología se desmarca de las de aquellas tendencias artísticas de medio siglo, si bien sin negar en el viso de su conjunto algunas trazas del ADN de las segundas vanguardias del siglo XX.
Como artista joven, Gonce enfrenta la premura por encontrarse a sí mismo y definir su identidad creativa, junto con el temor a la improvisación inevitable. Él mismo confiesa haber experimentado el “síndrome del impostor”. Pero lo que llama la atención es que, en tiempos de expresiones tan diversas, donde el arte conceptual, las manifestaciones no objetuales y las instalaciones predominan, haya jóvenes que sigan explorando alternativas dentro de la infinitud de la pintura, eso sí, en sus vertientes menos figurativas. Asimismo, Gonce elige la técnica del óleo sobre lienzo, un material que, por su textura untuosa y su prolongado tiempo de secado, le permite hacer correcciones y contemplar s trabajo en evolución, Podría pensarse que esa pausa que el óleo requiere es también un tiempo de que el propio autor se da para reflexionar sobre sus intervenciones posteriores en la obra y, quizás, sobre su propio camino artístico y personal.
Pero hay todavía un elemento adicional, y es que Gonce es también Francisco Góngora, el ya casi pasante de arquitectura y cuya formación profesional, si quiere ser pintor, lo enfrenta cotidianamente al reto de distanciarse de la perspectiva técnica del trazo, propia de sus colegas.
En su lugar, prefiere reflexionar sobre los espacios “como estructuras escultóricas habitadas” y con esa visión, alejarse del dibujo técnico y del imaginario estrictamente racional para acercarse a la producción artística.
En su pintura observamos que el punto de partida es un patrón repetitivo que puede ser, según se le mire, un perfil, el contorno de una cabeza o una silueta de semejanza humana que se multiplica, ya sea acotada o hasta el infinito, en una reproducción seriada. Sin embargo, si prestamos atención observaremos que la repetición tiene truco porque no es sistemática ni monótona, sino por el contrario, hay figuras subversivas con respecto a su contexto que sobresalen por algún rasgo que las distingue: ya sea el color, el tamaño, la posición o alguna intervención adicional de autor.
Por otra parte, basta un vistazo a los lenguajes y dinámicas de las redes sociales, los memes, stickers y demás ítems característicos de la cultura visual contemporánea para dejarnos tentar como espectadores por hallar un plausible paralelismo en la obra de Gonce: al igual que estos elementos de la cultura digital, su pintura se basa en patrones repetitivos donde ciertos elementos destacan por sus características únicas. En las redes sociales, los memes y stickers se replican y difunden masivamente, pero siempre hay algunos que sobresalen.
Además, algunas de estas piezas exploran la distribución uniforme y plana del color o bien el uso de empastes, drippings, manchas y aplicaciones sinuosas del óleo, donde la pintura se convierte claramente en gestual, sin desmarcarse del diseño repetitivo de las estructuras básicas fuertemente coloridas, serie recurrente de variantes, interpretaciones y recreaciones a partir de la variedad, la gama de tonalidades elegida y la sucesión de formas; en suma, una colección que se erige en el lenguaje individual y profundamente personal, que se convierte en vector, en energía emergente, en un camino abierto aún por descubrir en el cual, sin embargo, la suerte está echada”.
María Teresa Mézquita Méndez
Febrero 2025
Sede: Galería Secreta